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Magino, el toro y el debate ambiental dominicano

Por Ing. Francis Cuevas 

En uno de sus cuentos más conocidos, el profesor Juan Bosch narra la historia de Magino y el toro. La trama es sencilla, pero su enseñanza es profunda. En el relato, un campesino se prepara con valentía para enfrentar un peligro que cree inminente. Moviliza energía, atención y decisión. Sin embargo, el problema que decide enfrentar no es el verdadero. Mientras Magino se concentra en un toro que no representa la amenaza real, el peligro verdadero está en otra parte.

La moraleja es clara: los seres humanos muchas veces luchamos contra el problema equivocado mientras ignoramos el que verdaderamente nos amenaza.

Esa enseñanza, escrita hace décadas, parece describir con sorprendente precisión algunos de los debates ambientales que hoy se desarrollan en la República Dominicana.

El toro equivocado

En el país se observa un creciente nivel de movilización social en torno a temas ambientales. Esto, sin duda, es una señal positiva. La conciencia ambiental ha crecido, y cada vez más ciudadanos entienden que la protección de los recursos naturales es una condición indispensable para el desarrollo sostenible.

En muchas de estas luchas participan personas valiosas, organizaciones sociales comprometidas y líderes comunitarios con una trayectoria reconocida. Su aporte al debate público es importante y necesario.

Sin embargo, como en el cuento de Bosch, cabe preguntarse si en algunos casos estamos concentrando nuestras energías en el toro equivocado.

En los últimos meses, una parte significativa del debate ambiental ha girado en torno a posibles proyectos mineros que se encuentran en fases tempranas de exploración, e incluso en zonas donde históricamente las investigaciones geológicas no han identificado yacimientos económicamente viables. En esos escenarios, la discusión gira alrededor de una explotación que todavía no existe y cuya materialización, según muchos especialistas, podría no llegar a producirse.

Eso no significa que la vigilancia ciudadana no sea necesaria. La minería, como cualquier actividad extractiva, debe someterse a evaluaciones ambientales rigurosas y a procesos de fiscalización permanentes. Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿estamos mirando el problema correcto?

El verdadero problema ambiental

Mientras el debate público se concentra en amenazas potenciales o lejanas, hay procesos de deterioro ambiental que están ocurriendo ahora mismo y que reciben mucha menos atención.

Uno de los casos más evidentes es el de la Cordillera Septentrional, un sistema montañoso de enorme importancia ecológica para el país. En esta región nacen numerosos ríos y arroyos que alimentan importantes cuencas hidrográficas del Cibao y del norte del territorio nacional.

Sin embargo, la presión sobre este ecosistema se ha intensificado de manera notable en los últimos años.

La expansión de proyectos inmobiliarios para villas de montaña, el desarrollo de carreteras que fragmentan ecosistemas sensibles, el llamado “ecoturismo” que en muchos casos carece de regulación efectiva, la minería no metálica, así como la expansión agrícola y ganadera, están transformando aceleradamente el paisaje de la cordillera.

Estos procesos tienen efectos directos sobre los suelos, la cobertura forestal y, sobre todo, sobre los cuerpos hídricos que nacen en esa región. Muchos arroyos y manantiales muestran signos evidentes de reducción de caudales, sedimentación y deterioro de la calidad del agua.

Este es un problema ambiental real, presente y visible.

No es una hipótesis futura.

Es un proceso que está ocurriendo frente a nuestros ojos.

La contradicción del debate ambiental

Aquí es donde la metáfora de Magino adquiere mayor fuerza.

Resulta contradictorio que, mientras se levantan grandes movilizaciones contra amenazas hipotéticas, algunos de los mismos actores que participan en esas protestas presionen simultáneamente para que se autoricen nuevas carreteras, proyectos inmobiliarios o desarrollos turísticos dentro o en las inmediaciones de áreas ambientalmente sensibles.

En la propia Cordillera Septentrional existen presiones recurrentes para aprobar intervenciones cerca de espacios protegidos como los monumentos naturales Saltos de La Tinaja y Pico Diego de Ocampo, zonas que cumplen funciones ecológicas fundamentales para la regulación hídrica y la conservación de la biodiversidad.

La defensa del medio ambiente no puede construirse sobre contradicciones tan evidentes.

Si la preocupación es genuina, y en muchos casos lo es, entonces la coherencia debe ser parte central del discurso ambiental.

No se puede denunciar con vehemencia un daño posible mientras se guarda silencio frente a un daño que ya está ocurriendo.

Ordenar las prioridades

La República Dominicana necesita fortalecer su conciencia ambiental y su institucionalidad ecológica. En ese esfuerzo, los movimientos sociales y comunitarios cumplen un papel esencial.

Pero también es necesario ordenar las prioridades.

La defensa del medio ambiente debe comenzar por enfrentar los procesos de degradación que ya están afectando nuestros bosques, montañas y fuentes de agua. La urbanización desordenada, la presión inmobiliaria en zonas de alta fragilidad ecológica, la expansión de actividades extractivas no metálicas y la pérdida progresiva de cobertura forestal constituyen desafíos urgentes que requieren atención inmediata.

Luego vendrán otros debates.

Como enseña el cuento de Bosch, el error de Magino no fue su valentía ni su disposición a luchar. Su error fue escoger el toro equivocado.

La lección sigue siendo válida.

Si queremos defender de verdad el patrimonio natural del país, debemos asegurarnos de estar enfrentando el toro correcto.

Nolberto Batista nolbertobatista.rrpp@gmail.com

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