Por Elías Wessin
Presidente CRAD
Coordinador PAX
Presidente PQDC
Durante años, la izquierda ha utilizado a los países nórdicos como vitrina propagandística.
Cada vez que su modelo fracasa (sea en Venezuela, Cuba o en experimentos socialdemócratas fallidos en otras latitudes) recurre al argumento cómodo de “miren a Suecia, Noruega o Dinamarca”. Sin embargo, esa comparación es, en el mejor de los casos, superficial; en el peor, deliberadamente engañosa.
La verdad es que los países nórdicos no son socialistas. Son, en su esencia, profundamente capitalistas. Su lógica es capitalismo primero, bienestar después.
Las economías nórdicas se construyeron sobre pilares que la izquierda tradicional rechaza, esto es, respeto irrestricto a la propiedad privada, mercados abiertos, seguridad jurídica y una fuerte ética del trabajo.
Países como Finlandia y Islandia no alcanzaron prosperidad distribuyendo riqueza, sino creándola.
Antes de consolidar sus Estados de bienestar, estas naciones ya eran ricas. Riqueza que no surgió de la planificación estatal, sino de la libre empresa, la innovación y el comercio. El orden de los factores aquí no es trivial, sin capitalismo, no hay bienestar que repartir.
Con el giro ideológico 'light' a partir de la segunda mitad del siglo XX, los países nórdicos adoptaron _políticas socialdemócratas_, esto es, aumento del gasto público, expansión del Estado y cargas fiscales elevadas.
Ese “marxismo light” (como algunos tratadistas lo denominan) generó tensiones internas que hoy se hacen evidentes.
En Suecia, por ejemplo, se han documentado problemas asociados a la integración migratoria, presiones sobre el sistema de bienestar y debates crecientes sobre identidad nacional.
Dinamarca ha endurecido sus políticas migratorias tras reconocer los efectos negativos de una apertura descontrolada.
Noruega, con su riqueza petrolera, enfrenta el desafío de sostener un modelo altamente dependiente del gasto público.
El resultado no es el paraíso igualitario que se vende, sino un equilibrio frágil entre productividad capitalista y redistribución estatal.
La falacia de "impuestos altos, pero con límites" es uno de los argumentos más repetidos por la izquierda, esto es, que los países nórdicos validan los altos impuestos.
Lo que rara vez se menciona es que esos impuestos coexisten con economías altamente competitivas, baja corrupción y una cultura cívica excepcional.
Además, en las últimas décadas, varios de estos países han reducido impuestos corporativos, flexibilizado mercados laborales y promovido la inversión privada. Es decir, han corregido excesos socialdemócratas con más (no menos) capitalismo.
El factor cultural es la variable que deliberadamente la izquierda ignora.
Las sociedades nórdicas se caracterizan por altos niveles de confianza social, disciplina fiscal y cohesión histórica.
No son fácilmente replicables en contextos donde el clientelismo político y la debilidad institucional predominan.
Pretender importar su modelo sin estos fundamentos es una receta segura para el fracaso.
En años recientes, con el avance de las agendas woke y la crisis de identidad de los países nórdicos (apoyadas en los programas social demócratas) ha generado tensiones sociales, debates sobre libertad de expresión y cuestionamientos a valores tradicionales.
Lejos de fortalecer sus sociedades, estas corrientes han introducido divisiones innecesarias y debilitado consensos históricos.










